Continuamos la publicación de los tres relatos galardonados en el Concurso Literario de AUDEMAC con el que ha obtenido el segundo premio, titulado MENINAS y del que es autor Juan Carlos Cuevas Zurita, miembro de AEPUMA (Universidad Autónoma de Madrid).

 

MENINAS

Mi querida Señora:

Escribo estas líneas ahora que su esposo, el gran maestro, yace de cuerpo presente en la iglesia de San Juan Bautista. Mi dolor es tan profundo que me alivia recordar nuestro encuentro.

Sí, tratándose de un capricho real, accedí a posar desnuda para don Diego con la condición de que se me permitiera retratarle al mismo tiempo. En la primera sesión, me recibió en su taller, muy apuesto, vestido de elegante jubón negro con golilla blanca. Aún recuerdo su voz andaluza diciéndome: «Su Majestad me ha confiado que es usted una brillante competidora». Le advertí que el rey solo me encargaba retratos para poder contemplarme durante horas y dijo con picardía: «Pues me alegra gozar ahora de esa misma fortuna».

Don Diego me indicó un biombo para desvestirme. Si bien no me encontré cómoda al mostrar mi desnudez, no tardé en acostumbrarme. Él no pareció turbarse y, tras darme sus instrucciones para mi posado, me acercó un enorme lienzo y lo dispuso ante mí, desplazándolo ligeramente para que yo no quedara oculta a su mirada. Me entregó también una paleta de artista, pinceles, aceites y pigmentos. «Y ahora, doña Inés, creo que podemos comenzar», dijo.

No habíamos esbozado aún nuestras composiciones cuando oímos unas risas escandalosas. De repente, hicieron aparición en la estancia doña Margarita y sus meninas, acompañadas del enano Nicolasito y su perro Pizarro. Aproveché la ocasión para incorporarlos rogando a la infanta que posaran durante el tiempo necesario. Accedió gustosa. Pese a la interrupción, don Diego continuó con sus halagos. «Tengo que decir, doña Inés, que su cuerpo es puro arte…». «Me turba usted, don Diego», le interrumpí, pero él pretendió justificarse: «Necesitaba algo estimulante. Estaba cansado de pintar reyes y papas».

La infanta y sus meninas estallaron en risas al ver que Nicolasito extendía la mano para que la menina Mari Bárbola besara un supuesto anillo papal. Pizarro dio un ladrido seco reprochándoles la falta de seriedad. Proseguimos nuestro coloquio tras el alboroto. Quise saber cosas de sus viajes.

—Parece usted hombre de mundo. ¿Cómo es Italia?

—Créame, aunque allí abunda la belleza, no he conocido dama italiana que alcanzara su hermosura.

—¿Y son ellas tan dulces en el amor como se dice?

—Le aseguro que no tanto como debe de ser usted, doña Inés.

Recuerdo un grato detalle: don Diego interrumpió sus pinceladas, se acercó y barrió con la yema del dedo una mancha de pintura de mi mejilla. Confieso que fue un gesto que me sonrojó. 

Ultimamos nuestros lienzos en varias sesiones. Contemplar el del maestro era como mirarme desnuda en un espejo. Lamentablemente, la reina doña Mariana se enojó cuando el encargo real llegó a sus oídos. Así que el rey se vio obligado a rechazarlo y don Diego acabó regalándomelo gentilmente como muestra de su afecto hacia mí.

En mi lienzo, el pintor y su caballete quedaban desplazados del foco central sobre la infanta y sus meninas. No obstante, la composición entusiasmó tanto a don Diego que se lo regalé en reciprocidad. Me propuso incorporar a los reyes reflejados en un inexistente espejo veneciano sobre la pared del fondo, como si hubieran sido ellos los retratados. Esa idea me pareció digna de su genio y le cedí, gustosa, el remate de aquella pintura. A su Majestad le complació tanto que lo hizo colgar en su despacho del Alcázar.

 

Doña Juana, confieso el posterior afecto recíproco que su esposo y yo profesamos. Fue verdadero, pero le aseguro que nuestros devaneos nunca fueron más allá de nuestros lienzos y pinceles.

Comparto su dolor.

Vuestra humilde servidora.

Inés de Guzmán

 

La profesora Nieves Algaba, miembro del Jurado, nos envía el siguiente comentario:

¿A quién no le ha sorprendido la propuesta de Velazquez de autorretratarse en “Las Meninas”? ¿Quién no ha admirado la genialidad del juego metapictórico que el cuadro propone? Pero, ¿y si el desdoblamiento establecido en la pintura no fuera tal? ¿Quién no se ha preguntado cómo es que Velázquez mira al frente si se supone que la escena que reproduce está a su lado? Pues el relato galardonado con el segundo premio en el certamen de este año desarrolla, precisamente, la respuesta a todos estos interrogantes.

Y, como no quiero desvelar la sorpresa, baste decir que la narración se presenta formulada por una 1ª persona femenina, la de Inés de Guzmán, y, además, en el molde de la epístola (lo que no suele ser frecuente en este tipo de formatos). Así que los receptores seleccionados en primera instancia no somos nosotros, sino doña Juana Pacheco, la mujer de Velázquez, que es a quien se dirige la carta.

¿Qué le cuenta Inés de Guzmán a Juana Pacheco? Para saberlo hay que leer este espléndido relato en el que la erudición y la imaginación se combinan armónicamente, en el que se reproduce un tono de confidencia que evidencia un hábil manejo del lenguaje y los usos corteses del siglo XVII, en el que se nos aventura un Velázquez distinto al de las biografías preceptivas… Porque esto es la que permite la literatura: la imaginación, el juego, otorgar carta de naturaleza a una improbable posibilidad.

Enhorabuena, Juan Carlos, por esta cautivadora invención.