Iniciamos la publicación de los tres relatos galardonados en el Concurso Literario de AUDEMAC con el que ha obtenido el tercer premio, titulado MIRADAS y del que es autor Carles Alsina Costa, miembro de AUDEMAC.
MIRADAS
Se sentía sola. Seis meses en Madrid con un marido ausente por trabajo y viajes habían borrado aquella ilusión con la que empezó la aventura; el dinero, el cambio de ciudad, de país, una nueva vida. Los días se habían ido haciendo más largos al tiempo que se espaciaban las llamadas a casa; ya no tenía nada que decir, cada vez era mayor el esfuerzo para mantener el engaño y no ponerse a llorar.
Todas las mañanas, antes del almuerzo, iba a pasear por el Retiro. Al principio fue una simple excusa para salir de casa, arreglarse, caminar y ver gente, aunque tuviese la sensación de que a ella no la veía nadie. Lo que empezó como obligación poco a poco se convirtió en costumbre, una rutina más.
Sus miradas se cruzaron, fruto del azar, como tantas otras. Estaba sentado en un banco, en un rincón solitario, bien vestido, con aspecto de ejecutivo que aprovecha la pausa del mediodía para buscar un poco de calma y descansar. Lo que le diferenciaba del resto era su mirada, unos ojos llenos de tristeza que pedían auxilio. Fue solo una fracción de segundo, suficiente para verse a si misma reflejada en ellos.
Los paseos, antes sin rumbo, ahora tenían un objetivo. Él estaba allí, en su banco, las miradas se repetían; su expresión no cambiaba, seguía siendo huidiza y desconfiada mientras la de ella se hizo más franca y alegre. Una ligera inclinación de cabeza como saludo fue su primer gesto de amabilidad. Un pequeño cambio que no la dejaba dormir.
Se sentía solo. El despido le pilló por sorpresa cuando creía que estaba en su mejor momento profesional. Su esposa, su hijo, la casa, la posición social, todo lo que había conseguido se desmoronaba. Era demasiado para él, no lo pudo contar a nadie, el día siguiente salió a trabajar como si nada hubiese cambiado y acabó sentado en un rincón apartado del Retiro.
Los ahorros no alcanzarían más que unos pocos meses, no sabía que pasaría después. Adoptó nuevas rutinas. Las jornadas pasaban lentamente, le costaba regresar a casa; ya no tenía nada que decir y cada vez era mayor el esfuerzo para mantener el engaño y no ponerse a llorar. La tristeza le invadía y sentía que no tenía fuerzas.
Se había fijado en la chica antes de que ella reparase en él. No se acercaban muchas personas a aquella parte del parque y tampoco les prestaba mucha atención. Cuando la vio por primera vez no pudo evitar observarla, su mirada perdida y la expresión de desamparo quedaron grabadas en su retina. Volvieron a coincidir y cruzaron sus miradas, solo un instante, suficiente para hablar de su soledad.
Pasaron los días, los fugaces encuentros se repetían; la expresión de ella cambió, parecía que tenía más luz, pero él seguía hundido, pensando que no podía seguir, así que debería mudarse a otro rincón, o a otro parque, hasta que hoy -de forma inconsciente y sin poder evitarlo- había esbozado un ligero saludo, una mínima señal de empatía. Sentía que no debería haberlo hecho, que mañana no podía ir al Retiro como cada día. Algo dentro de él no le dejaba dormir.
A propósito del relato, el miembro del jurado Nike Ortín nos comenta lo siguiente:
Ella ha sido abandonada; está sola. Él no ha querido que lo acompañen; está solo. La soledad es una droga y ellos están enganchados. Engañan y se engañan. Prohibido llorar.
Pero los ojos no se esconden. Ni saben mentir cuando se cruzan con otros. El espejo del alma; de la propia, de la de quien los mira.
Y el miedo que no les deja dormir. Miedo a curarse, a volver a ser felices cuando creen que no lo merecen.
El autor nos lo cuenta sin aspavientos, con la dosis justa de dramatismo y valiéndose de una prosa tan diáfana como convincente. ¡Enhorabuena, Carles, por el merecido premio!